
Yuleidys Menéndez Seijo, una mujer campesina de 44 años cuya vida ha estado profundamente ligada al campo y a la tradición tabacalera. La historia de una pasión que nació en la infancia, se convirtió en vocación y hoy representa el compromiso de continuar el legado de su abuelo, Nicolás, en la finca familiar que lleva su nombre.
Residente en la localidad de Sumidero, al sur de Minas de Matahambre, de niña soñaba con estudiar Medicina, pero la vida la condujo por otro camino. Gracias a las oportunidades que tuvo para formarse, pudo cursar la Licenciatura en Economía, profesión que le permitió desarrollar una amplia trayectoria en el sector agropecuario. Sin embargo, mucho antes de convertirse en economista y dirigente, ya sentía un profundo amor por el tabaco. En sus ratos libres acompañaba a su abuelo y aprendía a ensartar las hojas, una labor que realizaba con especial dedicación. Cada vez que se acercaba el inicio de una nueva campaña tabacalera, renacía en ella aquel amor que marcaría su vida para siempre. De esas experiencias nacieron sus raíces campesinas y la pasión por el cultivo que hoy continúa cultivando con orgullo.
A los 19 años inició su vida laboral en la Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS) Francisco Pérez Germán, donde se desempeñó como económica durante 13 años. Su responsabilidad, preparación y compromiso la llevaron a ser elegida presidenta de la cooperativa, cargo que ocupó durante seis años. Bajo su dirección, la entidad alcanzó importantes resultados productivos y recibió reconocimientos por su desempeño. Como asociada, fue Vanguardia Nacional durante diez años, y también obtuvo la condición de Vanguardia Nacional Juvenil Campesina durante cinco años consecutivos.
En 2019 fue promovida a directora general de la Empresa de Acopio y Beneficio del Tabaco (ABT) de Minas, responsabilidad que desempeñó durante seis años. A lo largo de su trayectoria profesional recibió importantes distinciones por su trabajo y sus resultados, entre ellas: la Antero Regalado y la medalla Romárico Cordero, otorgadas por la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP).
Su compromiso con el sector campesino y la vida pública también la llevó a participar en importantes espacios de representación. Fue delegada directa a los congresos X y XI de la ANAP, formando parte de su Comité Nacional durante cinco años, así como de su Buró y del Comité Provincial. Asimismo, fue delegada directa al X Congreso de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) y participó como delegada en los congresos VII y VIII del Partido Comunista de Cuba (PCC), en los que resultó elegida miembro de su Comité Central, responsabilidad que desempeñó durante nueve años. También fue delegada a la Asamblea Provincial del Poder Popular por un mandato de cinco años.
Sin embargo, después de tantos años de responsabilidades y experiencias, llegó el momento de tomar una decisión profundamente personal. Tras el fallecimiento de su abuelo, Yuleidys decidió regresar a la finca de la familia para continuar la obra de quien le transmitió desde niña el amor por la tierra y el cultivo del tabaco, como una manera de honrar sus raíces, poner en práctica los conocimientos adquiridos y mantener viva una tradición familiar.
Hoy, desde la tierra que la vio crecer, Yuleidys demuestra que la preparación profesional y el trabajo agrícola pueden complementarse para alcanzar resultados concretos. En la producción tabacalera ha logrado rendimientos de dos toneladas por hectárea, superando los estándares de la demarcación. Además, ha diversificado las actividades de la finca con la siembra de frutales, como la guayaba, la piña, el mango y el plátano, así como de café y otros cultivos. Su propósito es aprovechar las posibilidades de la tierra, elevar los rendimientos y contribuir a satisfacer las necesidades alimentarias de su familia y de la comunidad.
En este camino no está sola, cuenta con el apoyo de su madre, sus hijas, su esposo y su hermano, una familia que comparte con ella el esfuerzo cotidiano y el compromiso de sacar adelante la finca. Unidos, trabajan para mantener la producción, preservar el legado familiar y demostrar que el desarrollo también se construye desde el esfuerzo colectivo.
Esta mujer rural se siente orgullosa de ser campesina, productora de tabaco y continuadora de la obra de su abuelo; y para los que preguntan por qué una mujer con una maestría en Administración de Empresas Agropecuarias decide permanecer en las labores del campo, responde con la convicción de quien conoce el valor de sus raíces:
“Con mucha honra, aquí aplico los conocimientos adquiridos. Desde esta finca demuestro que para las mujeres no hay imposibles”.
La finca es mucho más que un espacio productivo: es herencia, compromiso, familia y futuro. Es el lugar donde los conocimientos académicos se unen a la experiencia campesina, donde los recuerdos de su abuelo cobran vida en cada nueva campaña y donde el trabajo diario se transforma en una forma de honrar sus orígenes.
Su historia demuestra que el éxito no significa alejarse de las raíces. A veces, el mayor logro consiste precisamente en regresar a ellas, poner los conocimientos al servicio de la tierra y continuar una obra que comenzó mucho antes de nosotros.
Esta es la trinchera de Yuleidys Menéndez Seijo: la finca de su abuelo Nicolás, el tabaco que heredó como pasión y la tierra que ha elegido seguir cultivando con amor, responsabilidad y orgullo campesino.

